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PAPA FRANCISCO: LA MELANCOLÍA NEGATIVA ANTE LA MUERTE ES UN SENTIMIENTO ALEJADO DE LA FE

 



La melancolía negativa ante la muerte es un sentimiento alejado de la fe, advierte el Papa

Redacción ACI Prensa

 Foto: EWTN-ACI Prensa Photo/Daniel Ibáñez/Vatican Pool




El Papa Francisco afirmó que la “melancolía negativa” ante un ser querido fallecido que lleva a pensar que “todo termina con la muerte” es “un sentimiento alejado de la fe”.

Se trata de un sentimiento “que se añade al miedo humano de tener que morir” y del que, reconoció, “nadie puede decir que es completamente inmune”.

Por ello, “ante el enigma de la muerte”, invitó a todos, también a los creyentes, a “convertirse continuamente”.

El Pontífice expuso esta enseñanza este jueves 5 de noviembre durante la Misa en sufragio por los Cardenales y Obispos difuntos en el curso de este año, que presidió en el altar de la Cátedra de la basílica de San Pedro del Vaticano.

En su homilía, el Papa reflexionó sobre las palabras de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre”.

Francisco explicó que esa revelación de Cristo interpela a todos: “Estamos llamados a creer en la resurrección no como una especie de espejismo en el horizonte, sino como algo que está presente y nos involucra misteriosamente ya desde ahora”.

Sin embargo, esa fe en la resurrección no quita importancia al “desconcierto” humano que se experimenta ante la muerte. El mismo Cristo, recordó el Papa, ante la muerte de su amigo Lázaro, “no sólo no ocultó su sentimiento, sino que incluso se echó a llorar”.

El Santo Padre insistió en que “al rezar por los cardenales y obispos que han fallecido durante este último año, pedimos al Señor que nos ayude a considerar su parábola existencial de la manera correcta”.

“Le pedimos que disuelva esa melancolía negativa que a veces nos penetra, como si todo terminara con la muerte. Es un sentimiento alejado de la fe, que se añade al miedo humano de tener que morir, y del que nadie puede decir que es completamente inmune”.

Por esta razón, “ante el enigma de la muerte, incluso el creyente debe convertirse continuamente. Cada día estamos llamados a ir más allá de la imagen que instintivamente tenemos de la muerte como aniquilación total de una persona; a trascender lo evidente, los pensamientos sistemáticos y obvios, las opiniones comunes, a encomendarnos enteramente al Señor”.

“Recordemos, pues, con gratitud el testimonio de los cardenales y obispos difuntos que vivieron en la fidelidad a la voluntad divina; recemos por ellos, tratando de seguir su ejemplo”, concluyó el Papa Francisco su homilía. 

EL EVANGELIO DE HOY JUEVES 5 DE NOVIEMBRE DEL 2020

 


Lecturas de hoy Jueves de la 31ª semana del Tiempo Ordinario

Hoy, jueves, 5 de noviembre de 2020



Primera lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Fílipenses (3,3-8a):

Los circuncisos somos nosotros, que damos culto con el Espíritu de Dios, y que ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús, sin confiar en la carne. Aunque, lo que es yo, ciertamente tendría motivos para confiar en la carne, y si algún otro piensa que puede hacerlo, yo mucho más, circuncidado a los ocho días de nacer, israelita de nación, de la tribu de Benjamín, hebreo por los cuatro costados y, por lo que toca a la ley, fariseo; si se trata de intransigencia, fui perseguidor de la Iglesia, si de ser justo por la ley, era irreprochable. Sin embargo, todo eso que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo.


Palabra de Dios



Salmo

Sal 104,2-3.4-5.6-7


R/. Que se alegren los que buscan al Señor


Cantadle al son de instrumentos,

hablad de sus maravillas;

gloriaos de su nombre santo,

que se alegren los que buscan al Señor. R/.


Recurrid al Señor y a su poder,

buscad continuamente su rostro.

Recordad las maravillas que hizo,

sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.


¡Estirpe de Abrahán, su siervo;

hijos de Jacob, su elegido!

El Señor es nuestro Dios,

él gobierna toda la tierra. R/.


Evangelio de hoy

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-10):


En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharle.

Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido." Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido." Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.»


Palabra del Señor





Comentario al Evangelio de hoy jueves, 5 de noviembre de 2020

Fernando Torres cmf

 


      El cielo es un lugar alegre. Y los que están allí están deseando que les demos razones para alegrarse más. Es la alegría del padre de la parábola del hijo pródigo. Y es la alegría de estas parábolas del texto evangélico de hoy. 


      Durante demasiado tiempo hemos convertido a la vivencia cristiana en algo triste. Se hablaba sobre todo del pecado. Lo más importante que tenía que hacer el cristiano era penitencia. Tenía que pagar por sus pecados, por sus errores. Porque había ofendido a Dios. Daba la impresión de que la entrega generosa de Cristo, de su vida entera culminada en su muerte, no era suficiente para tapar/ocultar/disimular la multitud de nuestros pecados. Dios se había sentido tan ofendido que, buscando un camino, un medio, para salvarnos, no había hallado otro mejor que entregar su hijo a la muerte, como reparación por nuestras faltas. Pero en la práctica parecía que eso no era suficiente. Y el cristiano debía andar toda su vida pagando por sus pecados, haciendo sacrificios y mortificaciones. Hasta el amor a los hermanos era entendido como una forma de penitencia. La duda sobre la propia salvación hacia de la vida del cristiano una especie de esfuerzo continuo e imposible por estar a bien con Dios, por estar, como se decía, en gracia de Dios. Había que estar atento porque el más mínimo desliz destruía esa gracia y dejaba al cristiano en situación de pecado. Convertimos la vida cristiana en una vida triste. Y en una triste vida. 


      Jesús nos invita a vivir de otra manera: en la alegría y el gozo de los que se saben salvados por gracia y por amor. Dios no está disgustado con nosotros. ¡Cómo podido llegar a pensar que somos tan importantes como para que nuestros actos ofendan a Dios! Es curioso ver cómo en el sacramento de la penitencia, en la confesión, muchísimos cristianos piensan que lo más importante, el centro del sacramento, es la lista de nuestros pecados. ¡Qué capacidad para colocarnos en el centro de todo! Hay que desviar la mirada. No somos el centro del universo. El centro es Dios y su amor. El centro de la vida cristiana es Dios Padre, que en Jesús nos manifiesta su amor, más allá de nuestras limitaciones y miserias y pobrezas. Eso es lo más importante de nuestra vida. Como dice Pablo en la primera lectura, “todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo”.


      Es importante vivir en la alegría, en el gozo, del que sabe que es amado y querido por Dios. Del que sabe que ese amor es compartido con todos los hermanos y hermanas del mundo. Del que sabe que en Dios la misericordia triunfa sobre el juicio, que nuestras miserias no le ofenden. Como mucho le apenan porque sabe lo que nos estamos perdiendo. En el cielo hay alegría por cada pecador que se convierte porque es uno más que vuelve a casa y que entra en el gozo de Dios. Se le acoge con los brazos abiertos y sin condiciones y se le invita a gozar de la vida, de la satisfacción y la alegría de saberse querido y amado y perdonado.