domingo, 19 de abril de 2026

EL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 19 DE ABRIL DE 2026

 



Domingo 3 (A) de Pascua

Domingo 19 de abril de 2026


1ª Lectura (Hch 2,14.22-33): El día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. A Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis, a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos.

»Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a él: ‘Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile. Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada. Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción. Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro’.

»Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios ‘le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo’, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que ‘no lo abandonará en el lugar de los muertos’ y que ‘su carne no experimentará corrupción’. A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».



Salmo responsorial: 15

R/. Señor, me enseñarás el sendero de la vida.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano.


Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente. Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.


Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada. Porque no me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción.


Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.

2ª Lectura (1Pe 1,17-21): Queridos hermanos: Puesto que podéis llamar Padre al que juzga imparcialmente según las obras de cada uno, comportaos con temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, pues ya sabéis que fuisteis liberados de vuestra conducta inútil, heredada de vuestros padres, pero no con algo corruptible, con oro o plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo, previsto ya antes de la creación del mundo y manifestado en los últimos tiempos por vosotros, que, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios.

Versículo antes del Evangelio (Cf. Lc 24,32): Señor Jesús, explícanos las Escrituras; haz arder nuestro corazón cuando nos hablas.

Texto del Evangelio (Lc 24,13-35): Aquel mismo día, el domingo, iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.


Él les dijo: «¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?». Ellos se pararon con aire entristecido. Uno de ellos llamado, Cleofás le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella?». Él les dijo: «¿Qué cosas?». Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. Nosotros esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que Él vivía. Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a Él no le vieron».


Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre Él en todas las Escrituras. Al acercarse al pueblo a donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le forzaron diciéndole: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado».


Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero Él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan.



«Aquel mismo día, el domingo»

Rev. D. Jaume GONZÁLEZ i Padrós

(Barcelona, España)



Hoy comenzamos la proclamación del Evangelio con la expresión: «Aquel mismo día, el domingo» (Lc 24,13). Sí, todavía domingo. Pascua —se ha dicho— es como un gran domingo de cincuenta días. ¡Oh, si supiésemos la importancia que tiene este día en la vida de los cristianos! «Hay motivos para decir, como sugiere la homilía de un autor del siglo IV (el Pseudo Eusebio de Alejandría), que el ‘día del Señor’ es el ‘señor de los días’ (…). Ésta es, efectivamente, para los cristianos la “fiesta primordial”» (San Juan Pablo II). El domingo es, para nosotros, seno materno, cuna, celebración, hogar y también aliento misionero. ¡Oh, si entreviéramos la luz y la poesía que lleva! Entonces afirmaríamos como aquellos mártires de los primeros siglos: «No podemos vivir sin el domingo».


Pero, cuando el día del Señor pierde relieve en nuestra existencia, también se eclipsa el “Señor del día”, y nos volvemos tan pragmáticos y “serios” que sólo damos crédito a nuestros proyectos y previsiones, planes y estrategias; entonces, incluso la misma libertad con la que Dios actúa, nos es motivo de escándalo y de alejamiento. Ignorando el estupor nos cerramos a la manifestación más luminosa de la gloria de Dios, y todo se convierte en un atardecer de decepción, preludio de una noche interminable, donde la vida parece condenada a un perenne insomnio.


Sin embargo, el Evangelio proclamado en medio de las asambleas dominicales es siempre anuncio angélico de una claridad dirigida a entendimientos y corazones tardos para creer (cf. Lc 24,25), y por esto es suave, no explosivo, ya que —de otro modo— más que iluminar nos cegaría. Es la Vida del Resucitado que el Espíritu nos comunica con la Palabra y el Pan partido, respetando nuestro caminar hecho de pasos cortos y no siempre bien dirigidos.


Cada domingo recordemos que Jesús «entró a quedarse con ellos» (Lc 24,29), con nosotros. ¿Lo has reconocido hoy, cristiano? 

HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA SANTA MISA EN KILAMBA, ANGOLA - 19 DE ABRIL 2026

 



Homilía del Papa León XIV en la Santa Misa en Kilamba, Angola

 Crédito: EWTN.

19 de abril de 2026



El Papa León XIV presidió la celebración de la Misa en la explanada de Kilamba en su segundo día de viaje apostólico a Angola, este 19 de abril. En su homilía, el Santo Padre se refirió a “los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza” que enfrenta el país, subrayando que estas situaciones “reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos”.


A continuación, el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Misa en Kilamba:


Queridos hermanos y hermanas:

Con el corazón lleno de gratitud celebro la Eucaristía entre ustedes. Gracias a Dios por este don y gracias a ustedes por la cálida bienvenida que me han brindado.

En este tercer domingo de pascua el Señor nos ha hablado con el Evangelio de los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35). Dejémonos iluminar por esta Palabra de vida.

Dos discípulos del Señor, con el corazón lastimado y triste, salen de Jerusalén para regresar a Emaús, su aldea. Vieron morir a aquel Jesús en el que habían confiado y al que habían seguido y, ahora, decepcionados y derrotados, regresan a sus casas. «En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido» (v. 14); Necesitan hablar de ello, volver a contarse lo que han visto, compartir lo que han vivido, aunque corran el riesgo de quedarse atrapados en el dolor, cerrados a la esperanza.


Hermanos y hermanas, en esta escena inicial del Evangelio veo reflejada la historia de Angola, de este país bellísimo pero lastimado, que tiene hambre y sed de esperanza, de paz y de fraternidad. En efecto, la conversación de los dos discípulos mientras caminan, recordando con tristeza lo que le ha sucedido a su Maestro, nos trae a la memoria el dolor que ha marcado a este país: una larga guerra civil con su secuela de enemistades y divisiones, de recursos malgastados y de pobreza.


Cuando se lleva mucho tiempo sumergido en una historia tan marcada por el dolor, se corre el riesgo de sufrir la misma suerte que los dos discípulos de Emaús: perder la esperanza y quedarse paralizado por el desánimo. Ellos caminan, sin embargo, siguen detenidos en los hechos ocurridos tres días antes, cuando vieron morir a Jesús; conversan entre ellos, pero sin esperanza de encontrar una salida; continúan hablando de lo que ha sucedido, con la angustia de quienes no saben cómo volver a empezar, ni si es posible hacerlo.


Queridos hermanos, la Buena Nueva del Señor, también hoy para nosotros, es precisamente esta: Él está vivo, ha resucitado y va a nuestro lado mientras recorremos el camino del sufrimiento y la amargura, abriéndonos los ojos para que podamos reconocer su obra y concediéndonos la gracia de empezar de nuevo y reconstruir el futuro.


El Señor se acerca a los dos discípulos desanimados y sin esperanza y, al hacerse su compañero de camino, los ayuda a recomponer los fragmentos de aquella historia, a mirar más allá del dolor, a descubrirles que no están solos en el camino y que les espera un futuro en el que sigue habitando el Dios del amor. Y cuando Él se detiene a cenar con ellos, se sienta a la mesa y parte el pan, entonces «los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron» (v. 31).


Para nosotros, y también para ustedes, queridos hermanos y hermanas angoleños, queda así trazado el camino para volver a empezar: por un lado, la certeza de que el Señor nos acompaña y tiene compasión de nosotros; por otro, el compromiso que Él nos pide.


Experimentamos la compañía del Señor sobre todo en la relación con Él, en la oración, en la escucha de su Palabra, que hace arder nuestro corazón como el de los dos discípulos, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Es aquí donde nos encontramos con Dios. Por eso, hay que estar siempre atentos a aquellas formas de religiosidad tradicional que, sin duda, pertenecen a las raíces de la cultura de ustedes, pero que, al mismo tiempo, suponen el riesgo de confundir y mezclar elementos mágicos y supersticiosos que no ayudan en el camino espiritual. Permanezcan fieles a lo que enseña la Iglesia, confíen en sus Pastores y mantengan la mirada fija en Jesús, que se revela especialmente en la Palabra y en la Eucaristía. En ambas percibimos que el Señor Resucitado camina a nuestro lado y, unidos a Él, también nosotros vencemos la muerte que nos asedia y vivimos como resucitados.


A esta certeza de no estar solos en el camino se añade también un compromiso generoso capaz de aliviar las heridas y reavivar la esperanza. En efecto, si los dos discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan para ellos, eso significa que también nosotros debemos reconocerlo así: no sólo en la Eucaristía, sino en cualquier lugar donde haya una vida que se convierta en pan partido, en cualquier lugar donde alguien se haga don de compasión como Él.


La historia de su país, las consecuencias aún difíciles que deben soportar, los problemas sociales y económicos y las diferentes formas de pobreza reclaman la presencia de una Iglesia que sepa acompañarlos en el camino y escuchar el lamento de sus hijos. Una Iglesia que, con la luz de la Palabra y el alimento de la Eucaristía, sepa reavivar la esperanza perdida. Una Iglesia formada por personas como ustedes, que se entregan tal y como Jesús partió el pan para los dos discípulos de Emaús. Angola necesita obispos, sacerdotes, misioneros, religiosas y religiosos, laicos y laicas que tengan en el corazón el deseo de entregar su propia vida y ofrecérsela unos a otros, de comprometerse en el amor y el perdón mutuos, de construir espacios de fraternidad y de paz, de realizar gestos de compasión y solidaridad hacia quienes más lo necesitan.


Con la gracia de Cristo Resucitado podemos convertirnos en ese pan partido que transforma la realidad. Y así como la Eucaristía nos recuerda que somos un solo cuerpo y un solo espíritu, unidos al único Señor, también nosotros podemos y queremos construir un país en el que se superen para siempre las viejas divisiones, en el que desaparezcan el odio y la violencia, en el que la lacra de la corrupción sea sanada por una nueva cultura de la justicia y el compartir. Sólo así será posible un futuro de esperanza, sobre todo para los numerosos jóvenes que la han perdido.


Hermanos y hermanas, hoy es necesario mirar hacia el futuro con esperanza y construir la esperanza del futuro. No tengan miedo de hacerlo. Jesús Resucitado, que recorre el camino con ustedes y se entrega como pan partido, los anima a ser testigos de su resurrección y protagonistas de una nueva humanidad y de una nueva sociedad.


Queridos hermanos, en este camino pueden contar con la cercanía y la oración del Papa. Pero también yo sé que puedo contar con ustedes, y se lo agradezco. Los encomiendo a la protección y a la intercesión de la Virgen María, Nuestra Señora de Muxima, para que siempre los sostenga en la fe, la esperanza y la caridad. 

FELIZ DOMINGO!!!!

 





 

domingo, 12 de abril de 2026

EL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 12 DE ABRIL DE 2026-DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

  


Domingo 2 de Pascua

Domingo 12 de abril de 2026



1ª Lectura (Hch 4,32-35): En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno.



Salmo responsorial: 117

R/. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna es su misericordia. Digan los fieles del Señor: eterna es su misericordia.


La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.


Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor, os bendecimos desde la casa del Señor; el Señor es Dios, él nos ilumina.

2ª Lectura (1Jn 5,1-6): Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y todo el que ama a Dios que da el ser ama también al que ha nacido de él. En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios: si amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos. Pues en esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos. Y sus mandamientos no son pesados, pues todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo. Y lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Éste es el que vino con agua y con sangre: Jesucristo. No sólo con agua, sino con agua y con sangre; y el Espíritu es quien da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.

Versículo antes del Evangelio (Jn 20,29): Aleluya. Porque me has visto, Tomás, has creído, dice el Señor; bienaventurados los que sin haber visto han creído. Aleluya.

Texto del Evangelio (Jn 20,19-31): Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros». Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío». Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído».

Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.










«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»

Rev. D. Fernando VÁZQUEZ-DODERO Romero

(Terrassa, Barcelona, España)


Hoy, la Iglesia nos invita a celebrar la misericordia del Señor, ese amor inmenso y delicado de Dios, que nos ama a pesar de ser nosotros tan poca cosa. Durante toda la Semana Santa hemos contemplado hasta qué punto puede llegar nuestra miseria y, sobre todo, cuán grande y misericordioso es el amor de Dios.


En el Evangelio de hoy encontramos una nueva muestra de que su amor quiere alcanzar incluso los rincones más oscuros de nuestro corazón. Contemplamos cómo Jesucristo quiere perdonar los pecados a través de sus discípulos: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23). Dios nos ama hasta tal punto que desea perdonarnos siempre. Quiere hacerse presente en toda nuestra vida y en nuestra historia; quiere descender hasta la profundidad de nuestro pecado para amarnos y transformarnos por completo, en todo lo que afecta a nuestra persona.


El papa León XIV, contemplando el Sábado Santo, decía: «Es el día en el que el cielo visita la tierra en lo más profundo. Es el tiempo en el que cada rincón de la historia humana es tocado por la luz de la Pascua. Y si Cristo ha podido descender hasta allí, nada puede quedar excluido de su redención. Ni siquiera nuestras noches, ni siquiera nuestros pecados más antiguos, ni siquiera nuestros vínculos rotos. No hay pasado tan arruinado, no hay historia tan herida que no pueda ser tocada por su misericordia».


Así es el amor de Dios: un amor como no hay otro, que abraza nuestra miseria y quiere perdonarnos para devolvernos siempre a la luz. Y quiere hacerlo de un modo aún más sorprendente: «Como el Padre me envió, también yo os envío» (Jn 20,21). Es decir, quiere hacerlo a través de la Iglesia, por medio de otros hombres —los sacerdotes—, también pecadores, como quien se confiesa, pero llamados a ser testigos e instrumentos de su misericordia.

FELIZ DOMINGO!!!!!

 





 

domingo, 5 de abril de 2026

TEXTO COMPLETO: HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV DURANTE LA MISA DE PASCUA DE RESURRECCIÓN 2026

 


 TEXTO COMPLETO: Homilía del Papa León XIV durante la Misa de Pascua de Resurreción

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

5 de abril de 2026


El Papa León XIV presidió este domingo la Misa de Pascua en la Plaza de San Pedro, ante cientos de fieles llegados de todas las partes del mundo. Lea aquí la homilía completa:


Queridos hermanos y hermanas:

Hoy toda la creación resplandece con una luz nueva, desde la tierra se eleva un canto de alabanza y nuestro corazón exulta de alegría: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos y, con Él, también nosotros resucitamos a una vida nueva!

Este anuncio pascual abraza el misterio de nuestra vida y el destino de la historia, y nos alcanza hasta en los abismos de la muerte, por los cuales nos sentimos amenazados y a veces abrumados. Nos abre a la esperanza que no desfallece, a la luz que no se apaga, a esa plenitud de alegría que nada puede borrar: ¡la muerte ha sido vencida para siempre, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros!

Este es un mensaje que no siempre es fácil de acoger, una promesa que nos cuesta aceptar, porque el poder de la muerte nos amenaza siempre, dentro y fuera.

Dentro de nosotros, cuando el lastre de nuestros pecados nos impide alzar el vuelo; cuando las decepciones o la soledad que experimentamos agotan nuestras esperanzas; cuando las preocupaciones o los resentimientos sofocan la alegría de vivir; cuando sentimos tristeza o cansancio; cuando nos sentimos traicionados o rechazados; cuando tenemos que hacer frente a nuestra debilidad, al sufrimiento, al cansancio de cada día, entonces nos parece haber caído en un túnel del que no vemos la salida.

Pero también fuera de nosotros, la muerte siempre acecha. La vemos presente en las injusticias, en los egoísmos partidistas, en la opresión de los pobres, en la escasa atención hacia los más frágiles.

La vemos en la violencia, en las heridas del mundo, en el grito de dolor que se eleva por todas partes a causa de los abusos que aplastan a los más débiles, ante la idolatría del lucro que saquea los recursos de la tierra, ante la violencia de la guerra que mata y destruye.


En esta realidad, la Pascua del Señor nos invita a levantar la mirada y a ensanchar el corazón. Ella sigue alimentando en nuestro espíritu y en el camino de la historia la semilla de la victoria prometida. Nos pone en movimiento como a María Magdalena y como a los Apóstoles, para hacernos descubrir que el sepulcro de Jesús está vacío, y, por tanto, en cada muerte que experimentamos hay también espacio para una nueva vida que surge.


El Señor está vivo y permanece con nosotros. A través de resquicios de resurrección que se abren paso en la oscuridad, Él entrega nuestro corazón a la esperanza que nos sostiene: el poder de la muerte no es el destino último de nuestra vida.

Estamos orientados de una vez y para siempre hacia la plenitud, porque en Cristo resucitado también nosotros hemos resucitado.

Así nos lo recordaba con palabras conmovedoras el Papa Francisco, en su primera Exhortación apostólica, Evangelii gaudium, afirmando que la resurrección de Cristo «no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo.


Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Es verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero también es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto» (n. 276).


Hermanos y hermanas, la Pascua del Señor nos da esta esperanza, recordándonos que en Cristo resucitado una nueva creación es posible cada día. Así nos lo dice el Evangelio proclamado hoy, que sitúa el acontecimiento de la resurrección de manera precisa: «El primer día de la semana» (Jn 20,1). El día de la resurrección de Cristo nos remite así a la creación, a aquel primer día en el que Dios creó el mundo, y nos anuncia, al mismo tiempo, que una vida nueva, más fuerte que la muerte, está ahora brotando para la humanidad.

La Pascua es la nueva creación obrada por el Señor Resucitado, es un nuevo comienzo, es la vida finalmente hecha eterna por la victoria de Dios sobre el antiguo adversario.

Hoy necesitamos este canto de esperanza. Y somos nosotros, resucitados con Cristo, quienes debemos llevarlo por las calles del mundo. Corramos, pues, como María Magdalena, anunciémoslo a todos; llevemos con nuestra vida la alegría de la resurrección, para que allí donde aún se cierne el espectro de la muerte, pueda resplandecer la luz de la vida.


Que Cristo, nuestra Pascua, nos bendiga y conceda su paz al mundo entero.

EL EVANGELIO DE HOY DOMINGO 5 DE ABRIL DE 2025 - DOMINGO DE RESURRECCIÓN

 



 Domingo de Pascua (Misa del día)

Domingo 5 de abril de 2026



1ª Lectura (Hch 10,34a.37-43): En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.


»Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».



Salmo responsorial: 117

R/. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia.


«La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor.


La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente.

2ª Lectura (Col 3,1-4): Hermanos: Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.


Secuencia Pascual:

Ofrezcan los cristianos ofrendas de alabanza a gloria de la Víctima propicia de la Pascua. Cordero sin pecado que a las ovejas salva, a Dios y a los culpables unió con nueva alianza.


Lucharon vida y muerte en singular batalla, y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta. «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana? «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza!


Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua». Primicia de los muertos, sabemos por tu gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. Rey vencedor, apiádate de la miseria humana y da a tus fieles parte en tu victoria santa.

Versículo antes del Evangelio (1Cor 5,7-8): Aleluya. Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado; y así solemnicemos el convite en el Señor. Aleluya.

Texto del Evangelio (Jn 20,1-9): El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.



«Entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó»

Mons. Joan Enric VIVES i Sicília Obispo Emérito de Urgell

(Lleida, España)


Hoy «es el día que hizo el Señor», iremos cantando a lo largo de toda la Pascua. Y es que esta expresión del Salmo 117 inunda la celebración de la fe cristiana. El Padre ha resucitado a su Hijo Jesucristo, el Amado, Aquél en quien se complace porque ha amado hasta dar su vida por todos.


Vivamos la Pascua con mucha alegría. Cristo ha resucitado: celebrémoslo llenos de alegría y de amor. Hoy, Jesucristo ha vencido a la muerte, al pecado, a la tristeza... y nos ha abierto las puertas de la nueva vida, la auténtica vida, la que el Espíritu Santo va dándonos por pura gracia. ¡Que nadie esté triste! Cristo es nuestra Paz y nuestro Camino para siempre. Él hoy «manifiesta plenamente el hombre al mismo hombre y le descubre su altísima vocación» (Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes 22).


El gran signo que hoy nos da el Evangelio es que el sepulcro de Jesús está vacío. Ya no tenemos que buscar entre los muertos a Aquel que vive, porque ha resucitado. Y los discípulos, que después le verán Resucitado, es decir, lo experimentarán vivo en un encuentro de fe maravilloso, captan que hay un vacío en el lugar de su sepultura. Sepulcro vacío y apariciones serán las grandes señales para la fe del creyente. El Evangelio dice que «entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó» (Jn 20,8). Supo captar por la fe que aquel vacío y, a la vez, aquella sábana de amortajar y aquel sudario bien doblados eran pequeñas señales del paso de Dios, de la nueva vida. El amor sabe captar aquello que otros no captan, y tiene suficiente con pequeños signos. El «discípulo a quien Jesús quería» (Jn 20,2) se guiaba por el amor que había recibido de Cristo.


“Ver y creer” de los discípulos que han de ser también los nuestros. Renovemos nuestra fe pascual. Que Cristo sea en todo nuestro Señor. Dejemos que su Vida vivifique a la nuestra y renovemos la gracia del bautismo que hemos recibido. Hagámonos apóstoles y discípulos suyos. Guiémonos por el amor y anunciemos a todo el mundo la felicidad de creer en Jesucristo. Seamos testigos esperanzados de su Resurrección.

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA DEL PAPA LEÓN XIV EN LA VIGILIA PASCUAL 2026

 



 Texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual

 Crédito: EWTN / ACI Prensa

4 de abril de 2026



Te ofrecemos el texto completo de la homilía del Papa León XIV en la Vigilia Pascual de este Sábado Santo en la Basílica de San Pedro en el Vaticano.


«Esta noche santa [...] expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos» (Pregón pascual). Así, queridos hermanos y hermanas, el diácono, al comienzo de esta celebración, ha alabado la luz de Cristo Resucitado, simbolizada en el Cirio pascual.


De este único Cirio todos hemos encendido nuestras luces y, llevando cada uno una pequeña llama tomada del mismo fuego, hemos iluminado esta gran basílica. Es el signo de la luz pascual, que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo.


Al anuncio del diácono hemos respondido “amén”, afirmando nuestro compromiso de abrazar esta misión, y dentro de poco repetiremos nuestro “sí” renovando las promesas bautismales.


Queridos hermanos, esta es una Vigilia llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana, llamada “madre de todas las vigilias”. En ella revivimos el memorial de la victoria del Señor de la vida sobre la muerte y el infierno. Lo hacemos después de haber recorrido, en los últimos días, como en una única gran celebración, los misterios de la Pasión del Dios hecho para nosotros «varón de dolores» (Is 53,3), «despreciado y desechado por los hombres» (ibíd.), torturado y crucificado.


¿Hay una caridad más grande, una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador del universo que, así como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha dado la vida.


Dios creó el cielo y la tierra (cf. Gn 1,1), sacando del caos el cosmos, del desorden la armonía, y confiándonos a nosotros, hechos a su imagen y semejanza, la tarea de ser sus custodios. Y también cuando, con el pecado, el hombre no correspondió a ese proyecto, el Señor no lo abandonó, sino que le reveló de un modo aún más sorprendente, en el perdón, su rostro misericordioso.


Esta «noche santa», entonces, hunde sus raíces también allí donde se consumó el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia.


De ese camino, la liturgia nos ha propuesto algunas etapas a través de los textos sagrados que hemos escuchado. Nos ha recordado cómo Dios detuvo la mano de Abraham, dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac, para indicarnos que no quiere nuestra muerte, sino más bien que nos consagremos a ser, en sus manos, miembros vivos de una descendencia de salvados (cf. Gn 22,11- 12.15-18).


Así mismo, nos ha invitado a reflexionar sobre cómo el Señor liberó a los israelitas de la esclavitud de Egipto, haciendo del mar, lugar de muerte y obstáculo insuperable, la puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre.


Y el mismo mensaje ha resonado como un eco en las palabras de los profetas, en las que hemos escuchado las alabanzas del Señor como esposo que llama y reúne (cf. Is 54,5-7), fuente que sacia, agua que fecunda (cf. Is 55,1.10), luz que muestra el camino de la paz (cf. Ba 3,14), Espíritu que transforma y renueva el corazón (Ez 36,26).


En todos estos momentos de la historia de la salvación hemos visto cómo Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida.


Los hemos evocado juntos, intercalando el relato con salmos y oraciones, para recordarnos que, por la Pascua de Cristo, «sepultados con él en la muerte [...] también nosotros llevemos una Vida nueva [...] muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6,4-11), consagrados en el Bautismo al amor del Padre, unidos en la comunión de los santos, hechos por gracia piedras vivas para la construcción de su Reino (cf. 1 P 2,4-5).


A la luz de todo esto leemos el relato de la Resurrección, que hemos escuchado en el Evangelio según san Mateo. La mañana de Pascua, las mujeres, venciendo el dolor y el miedo, se pusieron en camino. Querían ir al sepulcro de Jesús. Esperaban encontrarlo sellado, con una gran piedra en la entrada y soldados haciendo guardia. Esto es el pecado: una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus palabras de esperanza.


María de Magdala y la otra María, sin embargo, no se dejaron intimidar. Fueron al sepulcro y, gracias a su fe y a su amor, fueron las primeras testigos de la Resurrección. En el terremoto y en el ángel, sentado sobre la roca volcada, vieron la potencia del amor de Dios, más fuerte que cualquier poder del mal, capaz de “expulsar el odio” y de “doblegar a los poderosos”.


El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, va más allá de la muerte y ningún sepulcro la puede aprisionar. Así, el Crucificado reinó desde la cruz, el ángel se sentó sobre la piedra y Jesús vivo se presentó ante ellas diciendo: «Alégrense» (Mt 28,9).


También este, queridos hermanos, es hoy nuestro mensaje al mundo, el encuentro del que queremos dar testimonio, con las palabras de la fe y con las obras de la caridad, cantando con la vida el “aleluya” que proclamamos con los labios (cf. SAN AGUSTÍN, Sermón 256, 1).


Al igual que las mujeres, que corrieron a anunciarlo a los hermanos, también nosotros queremos partir esta noche, desde esta basílica, para llevar a todos la buena noticia de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad, como «muchos hombres y un hombre solo; muchos cristianos y un solo Cristo» (S. AGUSTÍN, Comentarios a los Salmos 127,3).


A esta misión se consagran los hermanos y hermanas que, aquí presentes, procedentes de diversas partes del mundo, recibirán en breve el Bautismo. Tras el largo camino del catecumenado, hoy renacen en Cristo para ser criaturas nuevas (cf. 2 Co 5,17), testigos del Evangelio.


Por ellos, y por todos nosotros, repetimos lo que San Agustín decía a los cristianos de su tiempo: «Anuncia a Cristo; siembra [...]. Esparce el Evangelio; lo que has concebido en tu corazón» (Sermón 116, 7).


Hermanas y hermanos, tampoco faltan en nuestros días sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo y el rencor; otras, consecuencia de las primeras, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia y el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen!


Muchos hombres y mujeres, a lo largo de los siglos, con la ayuda de Dios, las han removido, quizá con mucho esfuerzo, a veces a costa de la vida, pero con frutos de bien de los que aún hoy nos beneficiamos. No son personajes inalcanzables, sino personas como nosotros que, fortalecidas por la gracia del Resucitado, en la caridad y en la verdad, tuvieron el valor de hablar, como dice el apóstol Pedro, con «palabras de Dios» (1 P 4,11) y de actuar «como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas» (ibíd.).


Dejémonos inspirar por su ejemplo y, en esta Noche Santa, hagamos nuestro su compromiso, para que en todas partes y siempre, en el mundo, crezcan y florezcan los dones pascuales de la concordia y la paz.

¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN! ¡RESUCITÓ, ALELUYA! - IMÁGENES

 













domingo, 29 de marzo de 2026

A LAS PUERTAS DE SEMANA SANTA - MEDITACIÓN DE DOMINGO DE RAMOS



 A las puertas de Semana Santa


Con la celebración de este Domingo de Ramos abrimos el pórtico de la Semana Santa. Desde el día de hoy hasta la noche pascual contemplaremos el misterio doloroso de Jesús, y este ejercicio despertará en nosotros unos muy sinceros afectos de admiración, de gratitud y de adhesión incondicional a quién da la mayor prueba de amor. Le seguiremos con sumo interés y asombro desde su entrega a la vejación y al dolor del poder de las tinieblas, hasta su triunfante glorificación.

 

Admiraremos su coraje y valentía, haciendo realidad las palabras de Isaías: ‘Y yo no resistí ni mi eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos’. Y las palabras de San Pablo a los filipenses: ‘Se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz’. Sabemos que estos hechos conforman la escena final de una vida dedicada a sostener a los cansados.

 

Recordaremos que Jesús, mientras vivía entregado al amor del Padre y a la salvación de los hermanos, se mantuvo firme sabiendo que no quedaría defraudado, que su generosidad daría fruto abundante: tanta generosidad concluirá en la glorificación de Dios, la exaltación de Jesús mismo, y la salvación del mundo: Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el nombre-sobre-todo-nombre (…) de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

 

Instruidos por esta doctrina, pondremos nuestra confianza total en Dios y en su enviado, Jesús, y agradeceremos la salvación que nos ha sido merecida y compartida personalmente por Él.

 

Participaremos de corazón y activamente en las celebraciones de esta semana y nos esforzaremos por hacer nuestro vitalmente todo lo que celebramos, negándonos a toda curiosidad o pasividad ante los hechos que conmemoramos y apartando de nosotros toda angustia sentimental. Desde el reconocimiento humilde de nuestro pecado, esperaremos con entereza la salvación que se nos ofrece como un don gratuito

 

Estas disposiciones nos ayudarán igualmente a asumir con firmeza y confianza nuestra porción de dolor en la historia de la humanidad y a conformar nuestra vida y nuestras obras, a la vida y las obras de Jesús. Bien podemos iniciar un cambio positivo con motivo de esta semana santa. El Señor lo espera y nosotros tenemos necesidad de ello.

(Texto de Mons. Enric Prat) 

TEXTO COMPLETO: HOMILÍA DE LA MISA DEL PAPA LEÓN XIV EN EL DOMINGO DE RAMOS 2026

 



TEXTO COMPLETO: Homilía de la Misa del Papa León XIV en el Domingo de Ramos

 Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News

29 de marzo de 2026



El Papa celebró la Misa del Domingo de Ramos en la Plaza de San Pedro: el gran portal que abre la puerta a la Semana Santa. Lea aquí la homilía completa:


Queridos hermanos y hermanas:

Mientras Jesús recorre el camino de la cruz, nos ponemos detrás de Él y seguimos sus pasos. Y al caminar con Él, contemplamos su pasión por la humanidad, su corazón que se rompe, su vida que se convierte en un regalo de amor.


Miremos a Jesús, que se presenta como Rey de la paz, mientras a su alrededor se prepara la guerra. Él, que permanece firme en la mansedumbre, mientras los demás se agitan en la violencia. Él, que se ofrece como una caricia para la humanidad, mientras los otros empuñan espadas y palos. Él, que es la luz del mundo, mientras las tinieblas están a punto de cubrir la tierra. Él, que vino a traer vida, mientras se lleva a cabo el plan para condenarlo a muerte.


Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él «es nuestra paz » (Ef 2,14).


Como Rey de la paz, entra en Jerusalén montado en un asno, no en un caballo, cumpliendo así la antigua profecía que invitaba a regocijarse por la llegada del Mesías: «Mira que tu Rey viene hacia ti; él es justo y victorioso, es humilde y está montado sobre un asno, sobre la cría de una asna. Él suprimirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; el arco de guerra será suprimido y proclamará la paz a las naciones» (Za 9,9-10).


Como Rey de la paz, cuando uno de sus discípulos desenvaina la espada para defenderlo y hiere al siervo del sumo sacerdote, Él lo detiene de inmediato diciendo: «Guarda tu espada, porque el que a hierro mata a hierro muere» (Mt 26,52).


Como Rey de la paz, mientras cargaba con nuestros sufrimientos y era traspasado por nuestras culpas, Él «se humillaba y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abría su boca» (Is 53,7). No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra.


Mostró el rostro manso de Dios, que siempre rechaza la violencia y en lugar de salvarse a sí mismo, se dejó clavar en la cruz, para abrazar todas las cruces erigidas en todos los tiempos y lugares de la historia de la humanidad.


Hermanos y hermanas, este es nuestro Dios: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).


Al mirarlo a Él, que fue crucificado por nosotros, vemos a los crucificados de la humanidad. En sus llagas vemos las heridas de tantos hombres y mujeres de hoy. En su último grito dirigido al Padre escuchamos el llanto de quienes están abatidos, de quienes carecen de esperanza, de quienes están enfermos, de quienes están solos. Y, sobre todo, escuchamos el gemido de dolor de cada uno de los que están oprimidos por la violencia y de cada víctima de la guerra.


Cristo, Rey de la paz, sigue clamando desde su cruz: ¡Dios es amor! ¡Tengan piedad! ¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!


Con las palabras del siervo de Dios, el obispo Tonino Bello, quisiera confiar este clamor a María Santísima, que está bajo la cruz de su Hijo y llora también a los pies de los crucificados de hoy:


“Santa María, mujer del tercer día, danos la certeza de que, a pesar de todo, la muerte ya no tendrá poder sobre nosotros. Que los días de las injusticias de los pueblos están contados. Que los destellos de las guerras se están reduciendo a luces crepusculares. Que los sufrimientos de los pobres han llegado a sus últimos estertores. [...] Y que, por fin, las lágrimas de todas las víctimas de la violencia y el dolor pronto se secarán, como la escarcha bajo el sol de la primavera” (cf. Maria, donna dei nostri giorni). 

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