El Papa Francisco, convaleciente en el Vaticano, dice experimentar la “debilidad” y la “dependencia de los demás”
La homilía preparada por el Pontífice ha sido leída por Mons. Rino Fisichella | Crédito: Daniel Ibáñez/ EWTN News
El Papa Francisco, de 88 años, que continúa recuperándose en Santa Marta, su residencia en el Vaticano, de la neumonía bilateral por la que estuvo 38 días hospitalizado, aseguró que, a través de la enfermedad, está experimentando la sensación de “debilidad” así como la “dependencia de los demás”.
“Queridos hermanos y hermanas enfermos, en este momento de mi vida comparto mucho con ustedes: la experiencia de la enfermedad, de sentirnos débiles, de depender de los demás para muchas cosas, de tener necesidad de apoyo”, señaló el Pontífice, que recibió el alta médica hace justo 15 días, el pasado 23 de marzo.
En aquella ocasión, el Papa Francisco, antes de regresar al Vaticano, se asomó durante poco más de un minuto al balcón de la quinta planta del hospital Policlínico Gemelli de Roma para saludar y bendecir a los fieles.
En la homilía que ha preparado él mismo para la Misa del Jubileo de los Enfermos, pero que ha sido leída por el pro-prefecto del Dicasterio para la Evangelización, Mons. Rino Fisichella, el Santo Padre compartió su propia experiencia de enfermedad y reconoció que “no es siempre fácil”. Sin embargo, aseguró que esta realidad, aunque dolorosa, puede transformarse en un espacio de profunda comunión con Dios y con los demás.
“No es siempre fácil, pero es una escuela en la que aprendemos cada día a amar y a dejarnos amar, sin pretender y sin rechazar, sin lamentar y sin desesperar, agradecidos a Dios y a los hermanos por el bien que recibimos, abandonados y confiados en lo que todavía está por venir”, expresó.
Dirigiéndose con especial ternura al mundo de los enfermos, señaló que la “habitación del hospital y el lecho de la enfermedad pueden ser lugares donde se escucha la voz del Señor”.
Además, lanzó un mensaje especial para los médicos, enfermeros y todos los trabajadores de la salud, a quienes agradeció su entrega, invitándolos a reconocer en su vocación una oportunidad de conversión continua, de caridad concreta y de esperanza viva.
“Mientras atienden a sus pacientes, especialmente a los más frágiles, el Señor les ofrece la oportunidad de renovar continuamente su vida, nutriéndola de gratitud, de misericordia y de esperanza. Los llama a iluminarla con la humilde conciencia de que no hay que suponer nada y que todo es don de Dios; a alimentarla con esa humanidad que se experimenta cuando dejamos caer las máscaras y queda solo lo que verdaderamente importa, los pequeños y grandes gestos de amor”, manifestó.
También instó a que vivan la presencia de los enfermos “como un don en su existencia, para curar sus corazones, purificándolos de todo lo que no es caridad y calentándolos con el fuego ardiente y dulce de la compasión”.
El Pontífice citó el ejemplo de Benedicto XVI, “que nos dio un hermoso testimonio de serenidad en el tiempo de su enfermedad”. Y también se hizo eco de sus escritos, en concreto de su encíclica Spe salvi, en la que dejó claro que “la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento”.
El Papa Francisco hizo a continuación un llamamiento claro a no dejar de lado a las personas más frágiles y criticó las sociedades que colocan en los márgenes a los enfermos.
“No releguemos al que es frágil, alejándolo de nuestra vida, como lamentablemente vemos que a veces suele hacer hoy un cierto tipo de mentalidad, no apartemos el dolor de nuestros ambientes. Hagamos más bien de ello una ocasión para crecer juntos, para cultivar la esperanza gracias al amor que Dios ha derramado”, indicó.
Al comienzo de la homilía, el Pontífice reflexionó sobre las palabras que Dios, a través del profeta Isaías, dirige al pueblo de Israel en el exilio de Babilonia, después de que Jerusalén fuera conquistada y devastada por los soldados del rey Nabucodonosor II.
En ese momento “difícil”, apreció Mons. Fisichella al leer el texto preparado por el Papa Francisco, el “horizonte aparece cerrado, el futuro oscuro, cualquier esperanza frustrada”, pero el Señor “invita a acoger algo nuevo que está naciendo”.
Del mismo modo, reflexionó sobre el Evangelio del día, que narra el episodio de la mujer adúltera, que, según explicó, “está destruida” por la condena moral.
Sin embargo, aunque tampoco parece que haya esperanza para ella, “Dios no la abandona”.
“Jesús entra en su vida, la defiende y la rescata de esa violencia, dándole la posibilidad de comenzar una existencia nueva”, explicó el Pontífice, que llamó a renovar, en el camino cuaresmal, la confianza en Dios.
“No hay exilio, ni violencia, ni pecado, ni alguna realidad de la vida que pueda impedirle estar ante nuestra puerta y llamar, dispuesto a entrar apenas se lo permitamos. Es más, especialmente cuando las pruebas se hacen más duras, su gracia y su amor nos abrazan con más fuerza para realzarnos”, agregó.
De este modo, aseguró que la enfermedad es una de las pruebas “más difíciles y duras de la vida”, en la que se percibe claramente la fragilidad. “Esta puede llegar a hacernos sentir como el pueblo en el exilio, o como la mujer del Evangelio, privados de esperanza en el futuro”, señaló, tras constatar que Dios nunca abandona.