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domingo, 15 de mayo de 2016

HOY ES LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS, 15 DE MAYO DEL 2016


Hoy  es Pentecostés, Solemnidad del Espíritu Santo y nacimiento de la Iglesia
Por Abel Camasca

 (ACI).- Hoy se celebra la Solemnidad de Pentecostés, que conmemora la Venida del Espíritu Santo sobre María y los Apóstoles, cincuenta días después de la Resurrección de Jesucristo.

El capítulo dos del libro de los Hechos de los Apóstoles describe que “de repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo”.

San Juan Pablo II al reflexionar sobre este acontecimiento en su encíclica "Dominum et Vivificantem" señaló que “el Concilio Vaticano II habla del nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés. Tal acontecimiento constituye la manifestación definitiva de lo que se había realizado en el mismo Cenáculo el domingo de Pascua”.

“Cristo resucitado vino y ‘trajo’ a los apóstoles el Espíritu Santo. Se lo dio diciendo: ‘Recibid el Espíritu Santo’. Lo que había sucedido entonces en el interior del Cenáculo, ‘estando las puertas cerradas’, más tarde, el día de Pentecostés es manifestado también al exterior, ante los hombres”.

Posteriormente, el Papa de la familia cita el documento conciliar “Lumen Gentium”, en el que se resalta que “el Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cf. 1 Co 3,16; 6,19), y en ellos ora y da testimonio de su adopción como hijos (cf. Ga 4,6; Rm 8,15-16 y 26). Guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1 Co 12,4; Ga5,22)”.

domingo, 8 de junio de 2014

IMÁGENES DEL ESPÍRITU SANTO EN PENTECOSTÉS








































EL HIMNO AL ESPÍRITU SANTO



EL HIMNO AL ESPIRITU SANTO 


Ven Espíritu Creador, 
visita las almas de tus fieles, 
Llena de gracia celestial 
Los pechos que tu creaste. 

Te llaman Paráclito, 
Don de Dios altísimo, 
Fuente viva, fuego, amor 
Y unción espiritual. 

Tú, don septenario, 
Dedo de la diestra del Padre, 
Por ]El prometido a los hombres 
Con palabras solemnes. 

Enciende luz a los sentidos 
Infunde amor en los corazones, 
Y las debilidades de nuestro cuerpo 
Conviértelas en firme fortaleza. 

Manda lejos al enemigo, 
Y danos incesantemente la paz, 
Para que con tu guía 
Evitemos todo mal. 

Danos a conocer al Padre, 
Danos a conocer al Hijo 
Y a Ti, Espíritu de ambos, 
Creamos en todo tiempo. 

Que la gloria sea para Dios Padre, 
Y para el Hijo, de entre los muertos 
Resucitado, y para el Paráclito, 
Por los siglos de los siglos. Amén.

LOS REGALOS DE DIOS




Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
Los regalos de Dios
Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se han dado del todo en forma asombrosa.



Cuando hablamos del Espíritu Santo en nuestros mensajes parece que se anima el Programa. Ese día estamos pensando en Dios más que nunca. Y esto a lo mejor es lo que nos va a pasar hoy... 

Un himno de la Liturgia se dirige al Espíritu Santo y le dice: Eres el regalo grande del Dios altísimo. Tan grande, que Dios echó el resto con el Espíritu Santo y se quedó sin nada más que darnos. 

Parece mentira cómo hace Dios las cosas. Todas las hace en grande, como Dios que es. En Él no cabe hacer nada pequeño. Y así es cómo se nos ha dado Dios desde el principio. Ha ido escalonando las cosas que daba, y al fin se ha quedado sin nada más. 

¿Y el Cielo?, preguntarán algunos. Sí, Dios a estas horas nos ha dado ya también el Cielo. Porque incluso el Cielo ya lo llevamos dentro. Lo único que falta es que se rompa el velo de la carne mortal para que podamos disfrutar en gloria lo que ya poseemos en gracia. 

Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se han dado del todo en forma asombrosa. Aunque, cuando se nos daba una Persona, se nos daban las otras por igual, cada una según es en el seno de la Santísima Trinidad. 

El primero que se nos dio fue el Padre con la creación. Toda la obra inmensa que contemplan nuestros ojos salió de sus manos amorosas y la puso en las manos nuestras para que la disfrutemos a placer. Nos creó en inocencia y nos dio su gracia, de modo que desde el principio éramos hijos suyos. 

Se nos daba después el Hijo en la obra de la Redención. Cuando cometimos la culpa y perdimos la gracia, Dios manda su Hijo al mundo para que nos salve, y ya sabemos cómo se nos dio Jesús. Desde la cuna de Belén y desde Nazaret hasta el Calvario, y a través de todos los caminos de Galilea, ¡hay que ver cómo se entregaba Jesús! Y cuando había de marchar de este mundo, se las ingenió para irse y quedarse a la vez. Porque, si no, ¿qué otra cosa es la Eucaristía?... Y, ya en el Cielo, nos va a hacer junto con el Padre el regalo de los regalos. 

Finalmente, le tocaba el turno al Espíritu Santo. 
Sentado a la derecha del Padre, Jesús, con todo el poder que tiene como Dios, nos manda el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, para que tome posesión de nuestros corazones, derrame en nosotros el Amor increado de Dios, nos llene de su santidad, nos colme con todos sus dones, produzca en nosotros todos los frutos del Cielo, y sea la prenda de nuestra vida eterna. 

Así Dios, el Dios Uno en las Tres divinas Personas de la Santísima Trinidad, siendo infinitamente rico, se queda sin nada más que darnos... 

El Espíritu Santo es el resto, el colmo, el regalo grande del Dios altísimo, que ya no puede inventar nada mayor para poderlo regalar. 

Son muchas las personas que en nuestros días, volviendo a la devoción que la Iglesia de los primeros siglos tuvo al Espíritu Santo, nos han dado una verdadera lección de felicidad. ¡Hay que ver cómo disfrutan del Espíritu Santo en sus asambleas! Parecen tener la feliz enfermedad de un Felipe de Neri, el Santo más simpático que llenó la Roma del siglo dieciséis. 

Se preparaba para celebrar la fiesta de Pentecostés, porque era muy devoto del Espíritu Santo, cuando se sintió de repente abrasado por un fuego devorador. 
- ¡Que no puedo más! ¡Que no puedo más!... 
Los que le rodeaban empezaron a buscar agua fría, le aplicaban al pecho paños mojados, y nada... El corazón palpitaba como un tambor. Hasta las costillas se levantaban como para estallar. 
Felipe no podía aguantar el gozo inexplicable que le invadía: 
- ¡Basta! ¡Que no puedo con tanta felicidad!... 
Aquel fenómeno místico no se lo explicaba nadie, porque aquel calor le duraba como duraban las llagas a San Francisco de Asís o al Padre Pío... 
Llegaba el invierno y tenía que descubrirse la ropa del pecho para que el calor del amor no se sintiera tan intenso. Y como nadie sabía de qué procedía, el Santo, como hacía con todas sus cosas, lo tomaba a risa delante de los demás. Caminaba así descubierto en pleno invierno por las calles de Roma, por mucho frío que hiciese, y se les reía a los jóvenes: 
- ¡Vamos! A vuestra edad, ¿y no aguantáis el poco frío que hace? 
Los médicos, que tampoco entendían nada, le daban medicinas equivocadas y no conseguían nada tampoco. Ni disminuían las palpitaciones, ni se arreglaban las costillas. El Santo seguía riéndose: 
- Pido a Dios que estos médicos puedan entender mi enfermedad... 

Pues, bien. Eso que ni los jóvenes ni los médicos entendían, es lo que hace en nosotros el Espíritu Santo que se nos ha dado. Así estalla su amor en el corazón. Dios lo quiso manifestar externamente en Felipe Neri para que nosotros entendiéramos la realidad mística y profunda que llevamos dentro. 

El Espíritu Santo es el Huésped de nuestras almas y el que santifica nuestros cuerpos. El Espíritu Santo es el que ilustra nuestras mentes para que entendamos la verdad y penetremos en las intimidades de Dios. El Espíritu Santo es quien nos empuja hacia Dios con la oración que suscita en nosotros. 

El Espíritu Santo, don grandísimo de Dios, lo último que le quedaba a Dios... Eso, eso es lo que Dios nos ha dado...  

viernes, 6 de junio de 2014

PENTECOSTÉS Y EL APOCALIPSIS HABLAN DE MARÍA


Autor: P. Antonio Rivero LC | Fuente: Catholic.net
Pentecostés y el Apocalipsis hablan de María
P. Antonio Rivero. Nos fijaremos en los Hechos de los Apóstoles y en el Apocalipsis, de donde entresacamos notas sobre María.
 
María en Pentecostés

La obra y la acción de María no acaba en el Calvario. ¿Qué les parece si entramos también nosotros al Cenáculo, donde están reunidos los apóstoles con María en espera del E.S.? Los apóstoles formaban la primera Iglesia. Y María era la madre de esa Iglesia . ¿Cómo no iba a estar María ahí?

Para esto nos servirá el texto de los Hechos 1, 12-14; 2,1: “Todos perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María la madre de Jesús”.

Ciertamente María no pertenece al grupo de los Apóstoles, pues no ocupa un lugar jerárquico, pero es presencia activa y animadora primera de la oración y la esperanza de la comunidad.

¿Qué notas, qué rasgos podemos descubrir en este texto de los hechos de los apóstoles?


María Madre, alma y aliento de la Iglesia naciente

La presencia de María en el Cenáculo es solidaridad activa con la comunidad de su Hijo. Ella es la que no mayor anhelo y fuerza implora la venida del Espíritu.

María era una mujer del espíritu. Su vida está jalonada de intervenciones del E.S. El E.S. fue quien la cubrió con su sombra y obró en ella la Eucaristía del Hijo de Dios. El E.S. santificó a Juan Bautista en el seno de su madre Isabel, y maría e Isabel se llenaron de gozo en el Espíritu. El espíritu revelo al anciano Simeón la misión de su Hijo Jesús y profetizo a María la espada de dolor.

Por tanto, toda la vida de María se desarrolla en la fuerza del espíritu.

Al recibir una vez más María al E.S en Pentecostés, recibe la fuerza para cumplir la misión que de ahora en adelante tiene en la historia de la salvación: María Madre de la Iglesia. Todo su amor y todos sus desvelos son ahora para los apóstoles y discípulos de su Hijo, para su Iglesia que es la continuación de la obra de Jesús.

Ella acompaña la difusión de la Palabra, goza con los avances del Reino, sigue sufriendo con los dolores de la persecución y las dificultades apostólicas.

María en el Cenáculo es la Reina de los apóstoles y los protegía; el Trono de Sabiduría que les enseñaba a orar y a implorar la venida del Espíritu, era la Causa de la alegría y el Consuelo de los afligidos, y por eso les animaba.

Pentecostés con la venida del E.S. sobre aquella comunidad cristiana congregada en el Cenáculo marca el comienzo de los hechos de los Apóstoles, el comienzo de la evangelización, de la difusión y propagación de la Iglesia.

Este crecimiento y expansión eran debidos a la fuerza del Espíritu, que habían recibido los apóstoles, pero María estaba allí presente con su oración y fe. Y lo mismo que participó en la formación de Cristo en Nazareth, participa ahora con su presencia orante en el nacimiento y expansión de la Iglesia y en su misión evangelizadora.

Por eso, podemos sacar un segundo rasgo de María, aquí en Pentecostés: María mujer evangelizadora desde el primer momento de la Iglesia.

Es una constante de la historia de la Iglesia María ha estado presente en la evangelización de todos los pueblos en los diversos continentes, como lo muestran las historias de las misiones.

Por ejemplo en África y en América.

Los misioneros portugueses, con la fe en Cristo, llevaron a los pueblos de África una tierna devoción a la Virgen María y sembraron las tierras evangelizadoras de nombres de Santa María. El mismo San Francisco Javier, que manejaba en barcos portugueses a lo largo de la costa de África, decía: “He constatado que en vano se predicaba el nombre de Jesús antes de haberles mostrado la imagen de su madre”

En el campo, el P. Benaventura de Alessamo, superior de los capuchinos que evangelizó en el siglo XVII, solía convocar a los fieles una o dos veces al día en la Iglesia o junto a un árbol. Allí cantaban las letanías y rezaban el rosario, al mismo tiempo que les hablaban de la devoción de la virgen y de su poderosa intercesión ante Dios a favor de los hombres.

Mucho más fue el influjo de María en la evangelización de América. Los misioneros llevaban siempre consigo una imagen de María. También los soldados solían llevar imágenes o estampas de María que les habían regalado sus madres, hijas o esposas, para que fueran su salvaguardia en los múltiples peligros que les aguardaban.

Es un hecho comprobable que en todas partes surgieron santuarios célebres de la Virgen, que pronto se convirtieron en lugares de peregrinación y centros de evangelización, de piedad e identidad cristiana. “La América no ha llegado a Jesús sino en brazos de María”. El caso más espectacular ha sido el de México. Después de las apariciones de la Virgen de Guadalupe al indio San Juan Diego, las conversiones se multiplicaron con tanta rapidez que se tenían hasta 15000 bautizos al día. Fray Toribio de Benavente narra en su crónica que a los misioneros se les caían los brazos de cansancio de tanto bautizar.

Con toda razón, los obispos de Latinoamérica, reunidos en Puebla en 1979, reconocían que la devoción y culto a María pertenece a la identidad propia de estos pueblos, señalando además el influjo que María ha tenido en su evangelización.

“Ella cuida de que el Evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad. Ella tiene que ser cada vez más la pedagoga del Evangelio en América Latina”

Lo mismo podemos decir de los grandes santuarios marianos que hoy día se han convertido en los centros más significativos de irradiación de vida cristiana. Fátima y Lourdes, son lugares de encontró con Dios, de conversiones, de catequesis y de evangelización.

Y todo esto comenzó en Pentecostés.



María en el Apocalipsis
Apocalipsis 12, 1 ss

“Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza, y estaba en cinta y gritaba en su angustia y dolores de parto”.

¿Cuál es el contexto?

Sabemos que el Apocalipsis no en un libro fácil de leer. Recordemos que se escribió alrededor del año 95, cuando la Iglesia afrontaba una dura situación. La sangrienta persecución romana pone a prueba su fe y su entrega.

San Juan se dirige a la comunidad cristiana para esclarecerle el sentido de los sucesos y animarla en la tribulación. En la persecución está obrando el poder del demonio, quien odia a Cristo y a los cristianos, aquellos que perseveran hasta el final participarán en el triunfo de Cristo. Tal es el mensaje primero e inmediato del libro del Apocalipsis. Pero los acontecimientos de su tiempo sirven a san Juan para ampliar la interpretación de la historia universal: el acontecer de todos los tiempos es una lucha permanente entre el poder de Dios y las fuerzas demoníacas. Esta lucha se resuelve con la victoria incuestionable de Dios, en virtud de la muerte de Cristo.

Hagamos ahora el análisis de este capítulo 12 del Apocalipsis.

Esta visión puede dividirse en tres partes.

  • La presentación de los personajes simbólicos: la mujer y la serpiente (1-4)
  • La persecución del dragón al Hijo varón de esa mujer, y la victoria de éste (4-12)
  • La persecución contra la mujer y el resto de sus hijos (v. 13-17)

    ¿Quién esa mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies?

    La mujer está vestida de luz, símbolo de benevolencia de Dios y de la participación en su vida. Sobre su cabeza tiene “una corona de doce estrellas”, imagen igualmente luminosa como las anteriores que simbolizan a las doce tribus de Israel.

    Aparece una segunda señal, el otro personaje: “Una gran serpiente roja, con siete cabezas y diez cuernos”.


    ¿Quién es está serpiente?

    Se trata de la serpiente antigua, clara alusión a la imagen del demonio en el paraíso. Se le llama Diablo y Satanás, el seductor del mundo eterno.

    Las siete cabezas evocan a Roma, ciudad de las siete colonias. Los diez cuernos y las siete diademas son el poder real del imperio.

    Esta señal expresa que el demonio utiliza el poder del imperio Romano en su intento de aniquilar al Hijo de la mujer y a sus seguidores, los cristianos.

    La cola que arrastra la tercera parte de las estrellas alude a la caída de los ángeles malos, arrastrados por Satanás.


    ¿Quién es esta mujer?

    La mujer es susceptible de varias significaciones simultáneas, autorizadas por el pensar simbólico y representativo propio de San Juan.
  • En una primera significación, es el Pueblo de Dios. Simboliza a Israel, pueblo escogido del cual proviene el Mesías - y al nuevo Pueblo - la Iglesia -, sometida a la persecución y a las insidias del demonio.
  • En una segunda significación, es María Santísima. Ambas significaciones - eclesial y mariana - se complementan y enriquecen mutuamente, porque Juan contempla a la Iglesia con los rasgos de María, y a María insertada en el misterio de la Iglesia.
  • Esa mujer dio a luz, ¿a quién? A un Hijo Varón, Cristo, que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro (v.5).
  • Pero también se puede interpretar ese Hijo como a los cristianos: dio a luz a los cristianos, pues la profunda unidad entre Cristo y los cristianos es mensaje permanente en los escritos de Juan.

    La lucha entre la Mujer y la serpiente es fuerte. La serpiente pretende devorar al Hijo, pero este “fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono,” alusión inequívoca a la exaltación de Jesús por su elevación en la cruz, donde derrota al demonio, y por su Ascensión a los cielos. La mujer huye entonces al desierto, lugar preparado por Dios para su protección y refugio. Allí se la alimenta - alusión al maná y a la Eucaristía- durante 1260 días, tiempo alegórico que tipifica la duración de una persecución larga, pero a la vez limitada por la voluntas divina.


    ¿Qué rasgo de María sobresale en este texto del Apocalipsis?


    María vencedora del mal, la que pisa la cabeza de Satanás, la inmaculada, la sin pecado. Y como María es madre de la Iglesia, la Iglesia también triunfará en esta terrible lucha que durará desde la Pascua hasta la Parusía o Segunda Venida de Cristo.

    Aunque ya se libró en el Calvario la batalla definitiva, las potencias del mal continúan ofreciendo resistencia. El demonio sabe que le queda poco tiempo y ya fue derrotado irremediablemente por Cristo, pero busca vengarse y causar daños a los seguidores de Cristo y apartarlos de Cristo y de la Iglesia.

    Pero no tengamos miedo, María está a nuestro lado, ella, la vencedora. Y con ella vencemos nosotros, vence la Iglesia. El demonio no puede contra María ni contra la Iglesia, que goza de la protección y del alimento de Cristo victorioso. Dios es el vencedor.

    Por eso el cristiano aun en medio de las persecuciones- está llamado a vivir alegre en la esperanza y seguro de la victoria. María está presente en la lucha a nuestro favor. Enemiga perpetua del poder de las tinieblas, participa en las tribulaciones de sus hijos - de nosotros - y es para nosotros señal de victoria.

    La mujer del Apocalipsis es la misma del Calvario y del Paraíso, testimonio de la presencia de María en las entregas decisivas de la historia de la salvación. Y así termina el versículo 12, de este capítulo 12: “Por tanto, regocijaos, oh Cielos y los que en ella moráis”...

  • Preguntas o comentarios al autor
  • P. Antonio Rivero LC

    jueves, 5 de junio de 2014

    ¿QUÉ ES PENTECOSTÉS?


    Autor: Eduardo Cáceres Contreras | Fuente: Conferencia Episcopal de Chile 
    ¿Qué es Pentecostés?
    Una festividad cristiana que data del siglo primero y estaba muy estrechamente relacionada con la Pascua


    Originalmente se denominaba “fiesta de las semanas” y tenía lugar siete semanas después de la fiesta de los primeros frutos (Lv 23 15-21; Dt 169). Siete semanas son cincuenta días; de ahí el nombre de Pentecostés (= cincuenta) que recibió más tarde. Según Ex 34 22 se celebraba al término de la cosecha de la cebada y antes de comenzar la del trigo; era una fiesta movible pues dependía de cuándo llegaba cada año la cosecha a su sazón, pero tendría lugar casi siempre durante el mes judío de Siván, equivalente a nuestro Mayo/Junio. En su origen tenía un sentido fundamental de acción de gracias por la cosecha recogida, pero pronto se le añadió un sentido histórico: se celebraba en esta fiesta el hecho de la alianza y el don de la ley.

    En el marco de esta fiesta judía, el libro de los Hechos coloca la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles (Hch 2 1.4). A partir de este acontecimiento, Pentecostés se convierte también en fiesta cristiana de primera categoría (Hch 20 16; 1 Cor 168).


    PENTECOSTÉS, algo más que la venida del espíritu...

    La fiesta de Pentecostés es uno de los Domingos más importantes del año, después de la Pascua. En el Antiguo Testamento era la fiesta de la cosecha y, posteriormente, los israelitas, la unieron a la Alianza en el Monte Sinaí, cincuenta días después de la salida de Egipto.

    Aunque durante mucho tiempo, debido a su importancia, esta fiesta fue llamada por el pueblo segunda Pascua, la liturgia actual de la Iglesia, si bien la mantiene como máxima solemnidad después de la festividad de Pascua, no pretende hacer un paralelo entre ambas, muy por el contrario, busca formar una unidad en donde se destaque Pentecostés como la conclusión de la cincuentena pascual. Vale decir como una fiesta de plenitud y no de inicio. Por lo tanto no podemos desvincularla de la Madre de todas las fiestas que es la Pascua.

    En este sentido, Pentecostés, no es una fiesta autónoma y no puede quedar sólo como la fiesta en honor al Espíritu Santo. Aunque lamentablemente, hoy en día, son muchísimos los fieles que aún tienen esta visión parcial, lo que lleva a empobrecer su contenido.

    Hay que insistir que, la fiesta de Pentecostés, es el segundo domingo más importante del año litúrgico en donde los cristianos tenemos la oportunidad de vivir intensamente la relación existente entre la Resurrección de Cristo, su Ascensión y la venida del Espíritu Santo.

    Es bueno tener presente, entonces, que todo el tiempo de Pascua es, también, tiempo del Espíritu Santo, Espíritu que es fruto de la Pascua, que estuvo en el nacimiento de la Iglesia y que, además, siempre estará presente entre nosotros, inspirando nuestra vida, renovando nuestro interior e impulsándonos a ser testigos en medio de la realidad que nos corresponde vivir.


    Culminar con una vigilia:

    Entre las muchas actividades que se preparan para esta fiesta, se encuentran, las ya tradicionales, Vigilias de Pentecostés que, bien pensadas y lo suficientemente preparadas, pueden ser experiencias profundas y significativas para quienes participan en ellas.

    Una vigilia, que significa “Noche en vela” porque se desarrolla de noche, es un acto litúrgico, una importante celebración de un grupo o una comunidad que vigila y reflexiona en oración mientras la población duerme. Se trata de estar despiertos durante la noche a la espera de la luz del día de una fiesta importante, en este caso Pentecostés. En ella se comparten, a la luz de la Palabra de Dios, experiencias, testimonios y vivencias. Todo en un ambiente de acogida y respeto.

    Es importante tener presente que la lectura de la Sagrada Escritura, las oraciones, los cantos, los gestos, los símbolos, la luz, las imágenes, los colores, la celebración de la Eucaristía y la participación de la asamblea son elementos claves de una Vigilia.

    En el caso de Pentecostés centramos la atención en el Espíritu Santo prometido por Jesús en reiteradas ocasiones y, ésta vigilia, puede llegar a ser muy atrayente, especialmente para los jóvenes, precisamente por el clima de oración, de alegría y fiesta.

    Algo que nunca debiera estar ausente en una Vigilia de Pentecostés son los dones y los frutos del Espíritu Santo. A través de diversas formas y distintos recursos (lenguas de fuego, palomas, carteles, voces grabadas, tarjetas, pegatinas, etc.) debemos destacarlos y hacer que la gente los tenga presente, los asimile y los haga vida.

    No sacamos nada con mencionarlos sólo para esta fiesta, o escribirlos en hermosas tarjetas, o en lenguas de fuego hechas en cartulinas fosforescentes, si no reconocemos que nuestro actuar diario está bajo la acción del Espíritu y de los frutos que vayamos produciendo.

    Invoquemos, una vez más, al Espíritu Santo para que nos regale sus luces y su fuerza y, sobre todo, nos haga fieles testigos de Jesucristo, nuestro Señor.
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