Mostrando entradas con la etiqueta DOGMAS MARIANOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DOGMAS MARIANOS. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de marzo de 2018

PAPA FRANCISCO ESTABLECE LA MEMORIA DE MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA


El Papa Francisco establece la memoria de “María, Madre de la Iglesia"
Redacción ACI Prensa
 Foto: Daniel Ibáñez / ACI Prensa




A través de un Decreto de la Congregación para el Culto Divino, el Vaticano ha establecido que la memoria de la “Virgen María, Madre de la Iglesia” se celebre cada año el lunes siguiente a Pentecostés.

“El Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año”, dice el documento.

En el decreto, la misma Congregación señala que “esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos”.

“Tal memoria deberá aparecer en todos los Calendarios y Libros litúrgicos para la celebración de la Misa y de la Liturgia de las Horas: los respectivos textos litúrgicos se adjuntan a este decreto y sus traducciones, aprobadas por las Conferencias Episcopales, serán publicadas después de ser confirmadas por este Dicasterio. Donde la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ya se celebra en un día diverso con un grado litúrgico más elevado, según el derecho particular aprobado, puede seguir celebrándose en el futuro del mismo modo”.

A continuación, el texto completo del Decreto:

CONGREGATIO DE CULTO DIVINO ET DISCIPLINA SACRAMENTORUM


DECRETO

sobre la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, en el Calendario Romano General

La gozosa veneración otorgada a la Madre de Dios por la Iglesia en los tiempos actuales, a la luz de la reflexión sobre el misterio de Cristo y su naturaleza propia, no podía olvidar la figura de aquella Mujer (cf. Gál 4,4), la Virgen María, que es Madre de Cristo y, a la vez, Madre de la Iglesia.

Esto estaba ya de alguna manera presente en el sentir eclesial a partir de las palabras premonitorias de san Agustín y de san León Magno. El primero dice que María es madre de los miembros de Cristo, porque ha cooperado con su caridad a la regeneración de los fieles en la Iglesia; el otro, al decir que el nacimiento de la Cabeza es también el nacimiento del Cuerpo, indica que María es, al mismo tiempo, madre de Cristo, Hijo de Dios, y madre de los miembros de su cuerpo místico, es decir, la Iglesia. Estas consideraciones derivan de la maternidad divina de María y de su íntima unión a la obra del Redentor, culminada en la hora de la cruz.

En efecto, la Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu. A su vez, en el discípulo amado, Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial.

María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14). Con este sentimiento, la piedad cristiana ha honrado a María, en el curso de los siglos, con los títulos, de alguna manera equivalentes, de Madre de los discípulos, de los fieles, de los creyentes, de todos los que renacen en Cristo y también «Madre de la Iglesia», como aparece en textos de algunos autores espirituales e incluso en el magisterio de Benedicto XIV y León XIII.

De todo esto resulta claro en qué se fundamentó el beato Pablo VI, el 21 de noviembre de 1964, como conclusión de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, para declarar va la bienaventurada Virgen María «Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa», y estableció que «de ahora en adelante la Madre de Dios sea honrada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título».

Por lo tanto, la Sede Apostólica, especialmente después de haber propuesto una misa votiva en honor de la bienaventurada María, Madre de la Iglesia, con ocasión del Año Santo de la Redención (1975), incluida posteriormente en el Misal Romano, concedió también la facultad de añadir la invocación de este título en las Letanías Lauretanas (1980) y publicó otros formularios en el compendio de las misas de la bienaventurada Virgen María (1986); y concedió añadir esta celebración en el calendario particular de algunas naciones, diócesis y familias religiosas que lo pedían.

El Sumo Pontífice Francisco, considerando atentamente que la promoción de esta devoción puede incrementar el sentido materno de la Iglesia en los Pastores, en los religiosos y en los fieles, así como la genuina piedad mariana, ha establecido que la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, sea inscrita en el Calendario Romano el lunes después de Pentecostés y sea celebrada cada año.


Esta celebración nos ayudará a recordar que el crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos.

Por tanto, tal memoria deberá aparecer en todos los Calendarios y Libros litúrgicos para la celebración de la Misa y de la Liturgia de las Horas: los respectivos textos litúrgicos se adjuntan a este decreto y sus traducciones, aprobadas por las Conferencias Episcopales, serán publicadas después de ser confirmadas por este Dicasterio.

Donde la celebración de la bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia, ya se celebra en un día diverso con un grado litúrgico más elevado, según el derecho particular aprobado, puede seguir celebrándose en el futuro del mismo modo.

Sin que obste nada en contrario.

En la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, a 11 de febrero de 2018, memoria de la bienaventurada Virgen María de Lourdes.

Robert Card. Sarah Prefecto

domingo, 17 de noviembre de 2013

EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN QUE TRANSFORMÓ A LA IGLESIA


El dogma de la Inmaculada transformó a la Iglesia


La proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción es un hecho providencial que revigorizó, a mediados del siglo XIX, a «una Iglesia exhausta y contra las cuerdas, al recordar la existencia del pecado original y la redención de Cristo». 
Vincenzo Sansonetti, que ha trabajado trece años, de 1976 a 1989, en el diario «Avvenire», de la Conferencia Episcopal Italiana, relata en la entrevista los pasos más llamativos de su libro recién publicado en Italia «La Inmaculada concepción. Del dogma de Pío IX a Medjugorje») («L'immacolata concezione. Dal dogma di Pio IX a Medjugorje», Editorial, Piemme).

ROMA, miércoles, 8 diciembre 2004 (ZENIT.org). 


¿Cuándo y por qué, de repente, la Santa Sede da un giro en su postura ante este misterio de fe, objeto de devoción desde los primerísimos años de la Iglesia? 

Más que un giro, se puede hablar de una progresiva maduración a través de los siglos que llevó a los Papas a «acompañar», con discreción pero atención, la devoción popular y la fiesta litúrgica, ya presentes en la Iglesia desde hace siglos. Los Papas fueron como árbitros en las contiendas, a menudo ásperas, entre «maculistas» e «inmaculistas», guiados por dominicos y franciscanos. 

De todos modos, queriendo señalar un punto crucial, hay que buscarlo en el exilio forzado del Papa Pío IX, obligado a huir a Gaeta, fortaleza situada en el Reino de las Dos Sicilias, para sustraerse a la feroz persecución anticatólica y antipontificia de la República Romana, liderada por el masón Giuseppe Mazzini. 

El libro se abre con una escena casi cinematográfica, en una fría mañana de enero de 1849, el Papa Mastai Ferretti se asoma al balcón del palacio que le ha dado hospitalidad, y ve el mar tempestuoso. Preocupado, a su lado el cardenal Lambruschini le dice: «Su Santidad sólo curará al mundo de los males que lo oprimen... proclamando el dogma de la Inmaculada. Sólo esta definición doctrinal restablecerá el sentido de las verdades cristianas». 

Pocos días después, Pío IX publica, desde Gaeta, la encíclica «Ubi Primum» en la que pide a todos los obispos del mundo que se definan sobre el dogma de la Inmaculada. El resultado será casi plebiscitario y, el 8 de diciembre de 1854, el Papa hace la solemne declaración de que «la beatísima Virgen María, desde el primer instante de su concepción, por especial gracia y privilegio de Dios y en vista de los méritos de Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha de pecado original». 

La promulgación de este dogma se da en una época hija del Siglo de las Luces, que en Italia hará decir a Giuseppe Mazzini: «Surge una nueva época que no admite el cristianismo» y que está, como usted afirma, marcada por una cierta decadencia de la vida de la Iglesia. ¿Cree que este acontecimiento histórico y eclesial tenga alguna afinidad con lo que ha sucedido, por ejemplo, con la aparición de la Virgen de Guadalupe, y que, por tanto, haya que interpretarla como la respuesta de la Gracia a una situación humana sin salida? 

La aparición de Guadalupe, en México, completa, en el siglo XVI, la evangelización de América Latina. La proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción devuelve vigor, a mediados del siglo XIX, a una Iglesia exhausta y contra las cuerdas, recordando la existencia del pecado original y la Redención de Cristo. 

Son hechos providenciales, que corresponden a un misterioso designio divino. Y es sorprendente que cuatro años después de la proclamación del dogma, el 11 de febrero de 1858, Nuestra Señora se aparezca en Lourdes llamándose a sí misma la Inmaculada Concepción, confirmando el dogma. 

Podía haberlo hecho antes (ha habido decenas, si no centenares, de apariciones marianas que han precedido a Lourdes), pero la Virgen respeta el camino humano, los pasos de la Iglesia. Y se definió «La Inmaculada» sólo «después» de la Bula de Pío IX, de 8 de diciembre de 1854. 

¿Nos puede contar algo sobre los acontecimientos sobrenaturales que los cronistas del tiempo escribieron respecto a la promulgación de la Bula «Ineffabilis Deus»? 

La mañana del 8 de diciembre de 1854, en la basílica de San Pedro del Vaticano, en el momento de la lectura de la Bula «Ineffabilis Deus», sobre Pio IX cayó un rayo de luz. Fenómeno sorprendente, porque en ninguna estación, y mucho menos en vísperas del invierno, desde ninguna ventana de la Basílica Vaticana, podía llegar un rayo de luz al ábside donde se encontraba el Papa. Fue visto como una especie de aprobación celeste, el auspicio de un gozoso porvenir en medio de la atormentada vida de la Iglesia del momento. 

Unos meses después, el 12 de abril de 1855, el mismo Pío IX visitaba el Colegio de «Propaganda Fide», en Roma. De repente el pavimento se abrió. En ese instante, el Papa gritó: «¡Virgen Inmaculada, ayúdanos!». Todos quedaron ilesos de milagro. Durante un siglo, en aquel Colegio, siguió la costumbre entre los alumnos, en el momento de romper la fila, de repetir la jaculatoria «¡Virgen Inmaculada, ayúdanos!». 

En la «Ineffabilis Deus», Pio IX , al declarar la doctrina de la Inmaculada Concepción, afirma que está destinada «...a la exaltación de la fe católica y al incremento de la religión cristiana...». ¿Cuáles fueron los beneficios obtenidos con la definición? 

Fue otro Papa quien describió los beneficios para la vida de la Iglesia: san Pío X, en la encíclica «Ad diem illum laetissimum», publicada en 1904, a los cincuenta años de la proclamación del dogma. 

Además de «los dones ocultos de gracias» concedidos por Dios a la Iglesia por intercesión de María, el Papa Sarto recuerda: la convocatoria del Concilio Vaticano I, en 1870, con la definición dogmática de la infalibilidad pontificia; el «nuevo y nunca visto fervor de piedad con el que los fieles de toda clase y nación afluyen, desde hace tiempo, a venerar al vicario de Cristo»; la «longevidad del pontificado de Pío IX y de León XIII, sapientísimos pilotos de la Iglesia»; las «apariciones de la Inmaculada en Lourdes y el florecimiento de milagros y de piedad». 

Volvieron a florecer las misiones, la caridad, la cultura, retornó la presencia y la visibilidad de los católicos en la vida social. Un ejemplo sorprendente: el día de la Asunción de 1895, tras el valiente ejemplo de los católicos de Roubaix, en junio, se reanudan en toda Francia las procesiones eucarísticas que habían sido prohibidas. 

Durante la visita de Juan Pablo II este año a Lourdes, el día de la Asunción, el portavoz papal, Joaquín Navarro-Valls, afirmó: «El Papa ha venido para pedir una curación no sólo de una enfermedad física, sino de la enfermedad más grave que atenaza al mundo moderno: el olvido del pecado original». 

En realidad, Juan Pablo II, con su recuerdo del pecado original, no ha hecho otra cosa que repetir algo ya claro a finales del siglo XIX, el siglo de Pío IX y del dogma de la Inmaculada. Y por añadidura, en ambientes que ciertamente no eran clericales. 

Ya el poeta Baudelaire, que no era por cierto un adulador, a finales del siglo XIX, afirmaba: «¡La más grande herejía de nuestro tiempo es la negación del pecado original!». Esta herejía sigue en pie todavía, y actúa. Pensemos en la cruzada contra el ex ministro italiano Rocco Buttiglione, católico, obligado a renunciar a su candidatura a comisario europeo para la Justicia y las Libertades, por haber usado la palabra «pecado», durante una audición. 

Se niega el pecado y el pecado original porque se quiere afirmar una idea de hombre totalmente liberado de una dependencia sobrenatural, de un Creador, un hombre que no reconoce sus límites y se pone en el lugar de Dios. 

Pero el hombre, libre de esta ligazón, sin una referencia religiosa, se convierte en tirano de sí mismo, presa de utopías y totalitarismos. De un hombre sin Dios nacen el nazismo, el comunismo, y el terrorismo actual que usa la palabra «dios» para sus fines sanguinarios. 

La Inmaculada, con su sonrisa dulce y benévola, tal como ha sido representada pictóricamente, ha aplastado la cabeza de la serpiente y nos conduce de la mano hacia el Paraíso, hacia la condición inmaculada que es su privilegio, aunque prometido a todos nosotros. 

viernes, 8 de noviembre de 2013

LA PERPETUA VIRGINIDAD DE LA VIRGEN MARÍA



LA PERPETUA VIRGINIDAD DE LA VIRGEN MARÍA 
Dogma Mariano

El dogma de la Perpetua Virginidad se refiere a que María fue Virgen antes, durante y perpetuamente después del parto.

"Ella es la Virgen que concebirá y dará a luz un Hijo cuyo nombre será Emanuel" (Cf. Is., 7, 14; Miq., 5, 2-3; Mt., 1, 22-23) (Const. Dogmática Lumen Gentium, 55 - Concilio Vaticano II).

"La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la virginidad real y perpetua de María incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo "lejos de disminuir consagró la integridad virginal" de su madre. La liturgia de la Iglesia celebra a María como la 'Aeiparthenos', la 'siempre-virgen'." (499 - catecismo de la Iglesia Católica)

EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN - 8 DE DICIEMBRE


LA INMACULADA CONCEPCIÓN - 8 DE DICIEMBRE
DOGMA MARIANO 

El Dogma de la Inmaculada Concepción establece que María fue concebida sin mancha de pecado original. El dogma fue proclamado por el Papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854, en la Bula Ineffabilis Deus.

"Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús, Salvador del genero humano, preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los fieles."

LA MATERNIDAD DE LA VIRGEN MARÍA - DOGMA MARIANO


LA MATERNIDAD DIVINA DE LA VIRGEN MARÍA
Dogma Mariano 

 Madre de DiosEl dogma de la Maternidad Divina se refiere a que la Virgen María es verdadera Madre de Dios. Fue solemnemente definido por el Concilio de Efeso (año 431). Tiempo después, fue proclamado por otros Concilios universales, el de Calcedonia y los de Constantinopla.

El Concilio de Efeso, del año 431, siendo Papa San Clementino I (422-432) definió:

"Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema."

El Concilio Vaticano II hace referencia del dogma así:

"Desde los tiempos más antiguos, la Bienaventurada Virgen es honrada con el título de Madre de Dios, a cuyo amparo los fieles acuden con sus súplicas en todos sus peligros y necesidades" (Constitución Dogmática Lumen Gentium, 66)
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...