lunes, 2 de diciembre de 2013

ADVIENTO, TIEMPO MARIANO


ADVIENTO, TIEMPO MARIANO
Adviento, tiempo de espera, tiempo de alegrarse con María

Padre Antonio Orozco-Delclós

Tiempo para acompañar a la Virgen grávida durante las últimas semanas de su Buena Esperanza, cuando el peso de Jesús se hace sentir más. Ella va nutriendo en su seno teje que teje- la naturaleza humana del Hijo Unigénito del Padre. Y siente el peso, un peso dulce, del Hijo de Dios humanado.

Vive a la letra lo que unos siglos más tarde dirá lapidariamente san Agustín: «mi amor es mi peso» (Amor meus, pondus meus). Se refería el obispo de Hipona a que así como todas las cosas tienden a su centro de gravedad, su corazón se precipitaba al Amor inmenso de Dios, como atraído por irresistible imán. María llevaba en su seno inmaculado el verdadero Centro de todas las cosas, de todo amor, que bien es llamado Amor de los amores. ¡Qué peso! ¡Qué responsabilidad! ¡Qué cuidado! ¡Qué olvido de sí!

Adviento es tiempo para acompañar a Nuestra Madre y «ayudarla» a llevar el peso de Dios, el peso de Jesús hasta Belén. Es tiempo de confidencias con la Portadora de Dios Hijo hecho Niño en su seno (Cristófora). Es muy necesario, porque lo más parecido a la Santísima Virgen de viaje a Belén es el cristiano de viaje por el mundo, sobre todo cuando acaba de recibir a Jesús Sacramentado (cristóforo). Normalmente, el cristiano que vive de la fe, está en gracia de Dios y es templo del Espíritu Santo, tanto como decir asiento de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo inhabitan en el alma del «justo». Habitualmente en nuestro corazón hay «un cielo». Habita o según dicen los teólogos reforzando la expresión- «inhabita» Dios Uno y Trino.

-¿Cómo es posible? ¡Si no se nota nada! 

Bueno, preciso es reconocer que nuestra sensibilidad es escasa. San Pablo dice que el Espíritu Santo clama en nuestro corazones el grito de nuestra filiación divina: «Abbá!», ¡Padre! (más exactamente: ¡Papá!). Escucha. ¿No oyes? Tal vez te faltan algunos años de silencio interior. Tendrías que empezar ya a entrenarte un ratito cada día. Lo mejor sería acudir a la Virgen: 

-Mamá, no oigo nada. 

-Ven, hijo mío. Con este tapón en los oídos, ¿cómo vas a oír?

Su maternidad se extiende a tantas gentes; y muchas no conocen a su Madre ni a su Padre, no saben de su filiación divina ni de su filiación mariana y andan por derroteros que separan de su Hijo. Ha de ser un peso grave éste, para Ella.

Con Ella se aprende a llevar el peso de Dios, y de todo lo que es de Dios, lo que Dios ha querido poner sobre nuestros hombros.

En primer lugar, el peso de la propia existencia, que al avanzar el tiempo va haciéndose más gravoso. La famosa «levedad del ser» sólo puede parecer al que vive en la espuma de la vida; no a quien vive la existencia en profundidad. En ocasiones incluso el «ser», la existencia, la vida, puede hacerse muy pesada. Además, a menudo, es preciso llevar el peso de otros, según la máxima del Apóstol: «llevad los unos las cargas de los otros». En ocasiones, se hace largo el camino. Sucede que «a veces me canso de ser hombre», como escribía el poeta.

Con María comprendemos mejor que el yugo de Cristo es suave y la carga ligera: Él la lleva con nosotros.

Es preciso ver en el peso del trabajo, de las relaciones familiares, profesionales, sociales, el peso de Dios, que, al llevarlo con Él, resulta más liviano y gozoso. De este modo vivimos el espíritu de penitencia y purificación tan propio del tiempo de Adviento-, como debe ser, con alegría honda, esperanzada y agradecida. Con la oración, el sacrificio y la limosna. Dios carga sobre nosotros para que con Él, por Él y en Él santifiquemos esa existencia nuestra, santificando todo lo que toquemos: los deberes de estado, los deberes de cristianos coherentes.


Tiempo de alegrarse con María

Adviento es tiempo para conversar con María acerca de los puntos que tenemos en común, comenzando por el saludo del Ángel: ¡Alégrate!

¿Acaso un cristiano no ha oído nunca de parte de Dios a un ángel un padre, una madre, un hermano, un amigo, un pastor- que le haya dicho «¡alégrate!», porque eres cristiano, porque has hallado gracia ante Dios, porque en las aguas del bautismo el Espíritu ha descendido sobre ti, te ha ungido y te ha llenado de gracia, te ha hecho santo, hijo de Dios, consorte de la divina naturaleza, partícipe de la vida divina? ¿Nunca te ha dicho nadie esto? Pues ya va siendo hora. 

La alegría será progresiva, a medida que se incremente el peso.

María es mujer singular, belleza única. Pero los hijos de Dios participan de todas las facetas de su belleza, de su gracia. Descúbrelas. Acércate, pregunta, infórmate. Decía Juan Pablo II aquel 29 de noviembre de 1978: «El hombre tiene el derecho, e incluso el deber, de preguntar para saber. Hay asimismo quienes dudan y parecen ajenos a la verdad que encierra la Navidad, aunque participen de su alegría. Precisamente para esto disponemos del tiempo de Adviento, para que podamos penetrar en esta verdad esencial del cristianismo cada año de nuevo». Si Dios quiere y nos da tiempo. Algo podremos hacer desde aquí.

Se columbra una Luz a lo lejos. Se adivina cercano el cielo de Belén, los pastores, los Ángeles, la estrella, los Magos... Allá haremos un alto en el camino, pausado y sabroso, para adorar mucho y besar al Niño Dios. Luego, le seguiremos - con María y José - a dondequiera que vaya.

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