domingo, 3 de julio de 2016

ESPARCIR LAS SEMILLAS


Esparcir las semillas




Hace ochocientos años un sacerdote llamado Domingo misionó en el sur de Francia. Tuvo un grupo de colaboradores con quienes convivía en un convento.  También tuvo un sueño.  Quería ver al mundo entero aprovechándose de la salvación que ganó Jesucristo.  Con la autorización del papa, Domingo dispersó a sus compañeros para predicar el evangelio por Europa.  Dijo: “La semilla almacenada pudre”.   Con esta acción Domingo imitó el empeño de Jesús en el evangelio hoy.

Jesús tiene un gran número de discípulos, tanto mujeres como hombres. Se puede imaginar de qué tipos de gente son.  Unos son bien educados; conocen las Escrituras como los nombres de sus hijos.  Otros están atraídos a Jesús porque con él las Escrituras les hacen sentido por primera vez.  Unos hablan con tanta facilidad que parecen como los vendedores de medicinas naturales.  Otros prefieren quedarse callados como soldados marchando a la batalla.  No es que todos sean bien preparados a anunciar el Reino de Dios, pero Jesús se fija en la necesidad de la gente.  Le llama la mies.  Como la mies necesita los rayos del sol, a la gente le falta escuchar del amor de Dios para cada uno.  Por eso les manda a los discípulos a predicar el Reino.

También en nuestro tiempo vemos la falta de la predicación del Reino.  La vida se ha hecho en una prueba para ganar tanto como posible por la satisfacción personal.  Se considera el trabajo más que nada como el medio para ganar el dinero.  La intimidad matrimonial se hace en modo de garantizar el placer físico.  Aún los hijos son producidos para aumentar el sentido de logro personal. Sí, creen que Dios los ama, pero no entienden que su amor imponga límites al yo para que el espíritu crezca.  No se dan cuenta que el trabajo  –sea instruyendo en escuela o construyendo carreteras –  es modo de colaborar con Dios para el bien de todos.  No aceptan a hijos como regalos para cuidar de modo que crezcan como miembros responsables de la familia de Dios.  Le hace falta a la gente escuchar este mensaje no sólo de los predicadores sino de sus compañeros.

Hay mucho testimonio en contra del evangelio.  Las noticias son repletas con historias de orgullo y desgracia.  Atletas abusan sus cuerpos con drogas.  Parejas no casadas cohabitan sin vergüenza.  Si vamos a contrarrestar la atracción de estas nuevas tendencias, nuestro testimonio del amor de Dios tiene que ser auténtico.  Tenemos que mostrar cómo el cumplimiento de la vida resulta del cuidar a los demás sin la preocupación para fortuna, fama, o afecto.  Por esta razón Jesús pide a los enviados que no busquen los mejores alojamientos sino que acepten con la gratitud lo que se les ofrezcan.  Quiere que marchen sin recursos para mostrar cómo Dios provee para aquellos que lo amen.

Los judíos cuentan la historia del rabí de una aldea campesina.  Cada viernes por la noche en el mes antes de su día más santo este rabí desvaneció.  No sabiendo a dónde se fue, la gente decía que estaba en el cielo hablando con Dios por ellos.  Una noche un joven, no creyendo el pretexto común, decidió a seguir al rabí.  Lo vio caminando en ropa común al bosque.  Allá tumbó un árbol y lo corto en leña.  Llevó la leña a la casa de una viuda pobre y se le ofreció.  Cuando la viuda reclamó que no tenía para pagarle, el rabí dijo que le prestaría el dinero.  Entonces el rabí le hizo un fuego en la cocina para calentar su casa y se fue.  Desde entonces cuando la gente dijo que el rabí fue al cielo, el joven respondió: “al cielo o a un lugar más alto”.

Podemos ver a Jesús en la persona de este rabí.  Pues Jesús cambió su apariencia para vivir como uno de nosotros.  Aún más al caso,  Jesús como el rabí Jesús nos hizo gran sacrificio gratis para salvarnos del apuro del pecado.  Podemos ver a Jesús en su persona, pero ¿podemos vernos a nosotros mismo?  Como seguidores de Jesús, queremos imitar su generosidad por compartir el tiempo, talento, y tesoro con los necesitados.  De esta manera la gente sabrá del amor de Dios.


* Carmelo Mele O. P.

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